viernes, 20 de mayo de 2016

Déjame ser.

Déjame ser. Es lo único que te pido. Quiero ser yo. Quiero dejar de escribirlo y pensarlo. Adoro mi capacidad para volver a intentarlo siempre una vez más cuando todo sale mal. Y es que nunca sabes si ese intento extra puede ser el acertado. 
Me encanta afirmar que a repetitiva no me gana nadie, porque si algo no me sale como lo había planeado, aunque a veces necesite tomarme tiempo para reflexionar y permitir que la tristeza me inunde, sé que al final siempre voy a resurgir. Y es que así es como soy. La más negativa en lo que respecta a mis asuntos, perfeccionista hasta puntos inimaginables, insospechadamente ambiciosa por conseguir mis sueños, tan meticulosa, que me hago daño. 
Pero también soy la más positiva cuando se trata de ayudar o escuchar a los míos. Y no les repito siempre lo mismo porque les quiera, porque ser positiva sí, pero la mentira es la cosa más inútil que existe, y el tiempo, que es lo más valioso, no ha de perderse en inutilidades. Creo en "mis personas" y confío al máximo, y me gusta recordarles continuamente que pueden con todo, que lo que desean en su vida está a un paso de su zona de confort, que lo difícil no es conseguir sus metas, si no atreverse a empezar a caminar.
Sin embargo, llevo demasiado tiempo diciéndoles a los demás que son capaces. Veintidós años creyendo en todos pero nunca en mí, han sido suficientes. Y me digo una vez más que escribirlo es inútil si no logro exteriorizarlo. Pero este es, supongo, el primer escalón a subir para empezar un cambio. Esta no será otra de esas veces en las que escribo para desahogarme pero no pongo nada en práctica. Esta vez no. Estoy cansada de que mi mente me atormente en todo momento. De ir a la playa y que esa voz interna me diga "Aida, estás gorda, no disfrutes del paisaje, camina con vergüenza por la arena, mira al resto de chicas y sufre por no tener un cuerpo similar al suyo, métete con timidez e incomodidad en el mar, mira hacia abajo, que no te vean, sé invisible".
Lo siento de veras, "queridos" pensamientos, pero hasta aquí llegué. Y ya que esto se trata de cambios, dejadme deciros que sí, que estoy gorda. Que vale ya, que no quiero volver a oír "qué guapa eres de cara", que sé quién soy, y sé como soy. Y la palabra no es "rellenita", ni "gordita", ni "con unos kilitos de más". Lo que estoy es gorda. Y siempre lo he visto como un insulto, siempre insultándome como me insultaban los demás. Pero ya no. "Gorda" no es un insulto, no cuando no permites que los demás lo conviertan en eso. "Gorda" es una característica física. Y no es algo de lo que avergonzarse. La gilipollez extrema sí lo es. Las malas personas sí lo son. La falta de humildad, lo es. Pero no el estar gorda. Por supuesto que esto no significa que tenga que ser algo que me guste, y de hecho, no me gusta, pero si algo de tu cuerpo no te agrada, la solución es tratar de cambiarlo (siempre con salud), pero no destruírte. Hay que cambiarlo con calma y esfuerzo, porque nada que merezca la pena se consigue rápidamente. 
El truco está en ir disfrutando el proceso, en aceptarte aunque sea algo que no elegirías tener por voluntad propia, porque es tuyo. Muy tuyo. Y porque quizás eso que a ti te disgusta, pueda ser algo que otra persona ame. 
Porque sí, señores, a las gordas, también pueden querernos, y nosotras también podemos tener autoestima, porque tenemos más carne de lo normal, pero no valemos menos. El valor de una persona se mide en su humildad, en los hechos, en lo que hace por los demás y por sí mismo, en cómo trata al mundo. "Uno es lo que hace, y no lo que dice que hará".
Así que desde la parte más consciente de mi mente, la que me hizo descubrir que escribiendo es cómo mejor me comprendo a mí misma y entiendo un poco esta loca vida, me pido, a mí misma: déjame ser.

No hay comentarios:

Publicar un comentario