martes, 17 de mayo de 2016

Ella.

Ella sólo quería ser feliz. Cuando era niña no tenía del todo claro el significado de esa palabra, pero suponía que la felicidad era todo lo que te hacía sentirte bien, así que la pequeña había decidido perseguir exactamente cada cosa, persona o momento que fuera agradable y positivo para ella. 
Al principio creía tener claras las cosas que le hacían feliz: pasar tardes de domingo con su madre, la Navidad, la familia reunida en nochebuena y los regalos en el día de Reyes, intentar que su padre le hiciera algo más de caso, jugar con sus muñecas, -sus queridas Bratz-, escribir una historia que tratase sobre mitología asturiana, conseguir como novio a su chico favorito de la clase, -que no era el más guapo, pero era el más simpático, y prácticamente el único que se portaba bien con ella-, escribir en su diario, tener un perrito… Pero con el tiempo, conforme fueron pasando los años, el significado y la búsqueda de la felicidad se hicieron cada vez más confusos y difíciles de encontrar. La niña fue creciendo, y cuando llegó la madurez, comprendió que lo que tan miserable y sola la había hecho sentirse en sus primeros años de vida, no era tanto la carencia de seres queridos o de juguetes, como la falta de confianza en sí misma. Ella había aprendido a querer a quienes la querían, sin embargo, tenía una forma peculiar de demostrarlo, porque a pesar de que no le había faltado cariño, jamás le enseñaron a demostrar abiertamente sus sentimientos, así que aunque le gustaba contar cada pensamiento que pasaba por su mente, no sabía querer sin miedos. Pero sí quería, quería de verdad. Y eso lo había aprendido de sus padres y de su abuela, que había sido su segunda madre. Su problema era diferente, podría decirse que confiaba en todos, en todos menos en ella misma. Algunas personas habían contribuído desde que la niña era muy pequeña, a enterrar en lo más profundo de su corazón todo afecto que ella pudiera haber sentido por sí misma, por eso se veía siempre como un ser inferior, como alguien destinado a vivir siempre en un segundo puesto, una última opción, algo menos válido y completamente reemplazable. 
La madre de la pequeña sufría muchísimo, porque no entendía cómo su hija, sangre de su sangre, de la que tan orgullosa había estado siempre, podía verse a sí misma como algo tan ínfimo cuando para ella significaba todo su mundo. 
Cuando la niña se convirtió en mujer, este sentimiento sombrío y doloroso creció con ella, acompañándola siempre a cualquier lugar, formando parte de todos los momentos más importantes de su vida. Por suerte siempre existió la esperanza, la cual no es únicamente cosa de cuentos, sólo hay que saber cómo encontrarla y hacia dónde mirar, porque existe. La niña ya convertida en mujer, no tenía autoestima, pero sí una esperanza que la llevaba siempre a intentar, al principio su miedo era más grande y superior a su esperanza, pero poco a poco ésta empezó a tomar las riendas de su vida. Así que ella se propuso empezar a vivir, descubrir qué pasaría si se tomaba más tiempo en disfrutar cada pequeño momento, en exprimir cada sonrisa, cada abrazo, cada canción… Que en lamentarse por todo lo que no tenía, por lo mal que lo había pasado y por quienes ya no estaban en su vida. 
Aún desconocía la respuesta a esta aventura, aún sentía tristeza, se sentía sola muchas veces y algunos días pensaba que la esperanza había huido de su vida y que ya nada merecía la pena, pero como decía su tatuaje, había nacido para ser valiente y tenía que intentarlo, porque en el fondo de su alma tenía claro que la vida podía ser maravillosa. Y a pesar de que tuviera que esforzarse de una forma inhumana para VIVIR, para disfrutar y para hacerse valer, ella sabía que sonreír era lo único que le quedaba en su camino a la felicidad, porque ya estaba muy cerca, porque había conseguido aprender a quererse un poco más y porque el viaje más importante de su vida no había hecho más que empezar.

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